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Una historia inmobiliaria: "La coleccionista"

Recién llegado a la ciudad, te dispones a visitar varias viviendas vistas en Internet a través del portal inmobiliario yaencontre.com, que has quedado con una chica de una inmobiliaria para que te las enseñe. Andas algo desorientado pues unicamente conoces el callejero de la ciudad por un plano que te has descargado esa misma tarde del Google Maps. Has quedado a las 18:00 horas en la puerta de la estación. El autobús se retrasa y llegas a las 18:15 horas.

 

Una chica te espera en la puerta de la estación junto a un vehículo al lado de la parada de taxis. Se te presenta como María, la chica con la que quedaste ayer para ver 2 casas y regresar a la estación. La primera vivienda es practicamente nueva y bastante más amplia de lo que deseabas, sin embargo la zona no te convence, está bastante alejada del centro y casí no tiene servicios cerca. La próxima habrá más suerte, piensas. Queda por ver la del centro, algo más antigua pero en una excelente zona.

Llegais frente a un edificio de aire ochentero que se mantiene dignamente en una coqueta plaza presidida por una fuentecilla de un solo pitorro. Entras all portal y subes en el ascensor junto a María y a la propietaria, que es una mujer de pelo corto y cano vestidad de negro, de cerca de 80 años edad, bajita y algo encorvada. Se abre la puerta de la vivienda y el mundo se te cae al suelo... El recibidor se intuye amplio, pero solo se intuye pues casi no lo percibes. Los muebles parecen adivinarse algo antiguos bajo una gran montonera de cartas y periódicos pasados de fecha. El pasillo se encuentra flanqueado por numerosos cuadros, grabados y fotografías familiares que ocupan todo lo largo de las dos paredes, marco con marco. Se te ocurre observar una fotografía que te ha llamado la atención por su gran marco dorado. Es en blanco y negro. Un señor sentado en una mecedora con un gran mostacho y un bastón en la mano te clava su mirada. Te asustas.

 

Avanzas hacia el salón. Parece de generosas proporciones pero se encuentra tan atiborrado de muebles de todo tipo y diseño que casi no puedes avanzar. Una mesa de camilla preside la estancia rodeada por dos butacones y un tresillo tapado por una manta de ganchillo. En una esquina, una antigua vitrina de madera guarda como oro en paño una colección de cientos de pálidas muñecas de porcelana cubiertas por una fina capa de polvo. Te asustas.

 

Al entrar en la cocina te recibe un calendario de 2002 de la carnicería "Cárnicas Rosendo". En la foto del mes de febrero un cerco descuartizado. En el fregadero una montaña de platos. No te fijas en los muebles ni en los armarios, la vista se te desliza hacia una especie de "stand" con cientos de tarritos de cristal con caperuza metálica que contienen lo que parecen especies de todo tipo, olor y sabor. Junto a estos, una hilera de cucharones, espumaderas, raseras y cuchillos recorren toda la pared a modo de zócalo. En la encimera, junto al frigo y en una esquina, observas una figura de un gallo portugués de barro pintado en colores chillones y con el pico descascarillado. Te asustas.

 

La habitación de matrimonio posee muebles clásicos, de madera oscura. En un lateral observas un sinfonier de grandes dimesiones y numerosos cajones. Sobre él vislumbras lo que parecen decenas de botellitas de colonia de todas las marcas existentes. Junto a ellos, 4 botes de laca Deliplus y 7 u 8 frascos de pinta uñas de diversos colores. Frente al sinfonier, en la pared opuesta, un gran cabecero de caoba con tallas vegetales preside la estancia flanqueado por dos pequeñas mesitas de noche con tiradores dorados y rematadas por una encimera de mármol que ha perdido su brillantez. Colgados de la pared se encuentran una decena de figuras de angelitos tocando diversos instrumentos. En el centro de ellos, una pintura al óleo del Cristo de Medinacelli con la cara ensangrentada y la boca medio abierta parece querer decirte algo. Te asustas.

 

Sin pensarlo, parás tu recorrido, mirás a María y le dices que tienes que irte, se te escapa el autobús, ya le llamarás. Te dice que te queda por ver el baño pero le dices que no tienes tiempo, que se te ha hecho muy tarde. Ayudándote de tu improvisado plano y de varios transeuntes regresas a la estación, subes al primero interurbano que sale con destino a tu pueblo. El conductor es un señor mayor que roza la edad de jubilación, sino la ha sobrepasado ya. En su camisa azul del uniforme, junto al nudo de la corbata medio a anudar observas lo que parece una mancha de café. Te sonríe al entregarle el billete y tus ojos, con horror, se te van hacia su único diente. Te asustas. Y esta semana Halloween....

 

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Comentarios: 4
  • #1

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